REGNUM MARIAE

REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

martes, 22 de agosto de 2017

¡SANTA MARÍA REINA, INTERCEDE POR NUESTRAS FAMILIAS!


La Iglesia la confiesa y saluda Señora y Reina de los ángeles y de los hombres.
Reina de todo lo creado en el orden de la naturaleza y de la gracia.
Reina de los reyes y de los vasallos.
Reina de los cielos y de la tierra.
Reina de la Iglesia triunfante y militante.
Reina de la fe y de las misiones.
Reina de la misericordia.
Reina del mundo, y Reina especialmente nuestra, de las tierras y de las gentes hispanas ya desde los días del Pilar bendito. Reina del reino de Cristo, que es reino de “verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Y en este reino y reinado de Cristo, que es la Iglesia santa, es Ella Reina por fueros de maternidad y de mediación universal y, además, por aclamación universal de todos sus hijos.

ORACIÓN

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos.
Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Amén

jueves, 17 de agosto de 2017

MARÍA, ESPERANZA NUESTRA

QUIÉN ES LA VIRGEN MARÍA
María, que en hebreo quiere decir "Señora" y según otros "Mar amargo", es la mujer con la cual se abre la promesa en la antigua alianza (Gn. 3:15) y con la cual cierra Simeón la antigua profecía (Lc. 2, 25-35).
Es la Mujer que ha tenido el mayor contacto con la Santísima Trinidad en la historia. El Padre la escoge entre todas las mujeres para ser madre de su hijo unigénito, el Espíritu Santo engendro un hijo en sus entrañas y la segunda persona tomo carne y sangre en su vientre.
Si por Eva entró el pecado en el mundo, por la Virgen María entró la salvación.
Tiene la misión de combatir contra el "dragón" y la "bestia" del mal en los tiempos finales según el Apocalipsis.
CUÁLES SON LOS DOGMAS MARIANOS
Los dogmas marianos proclamados por la Iglesia Católica Apostólica Romana son cuatro:
1) En el año 431, el Concilio de Efeso declaró a María Madre de Dios, Theotokos.
2) En el año 649 (dos siglos después) el Papa Martin I declaró su Virginidad Perpetua (antes, durante y después del parto).
3) Más de mil años después se proclamó el próximo dogma: la Inmaculada Concepción (1854), por el Papa Pío IX. Este dogma enseña que María fue siempre libre de pecado. No tuvo pecado original.
4) Un siglo después, el Papa Pio XII proclamó la Asunción de María (1950): Al final de su vida terrenal, la Madre de Jesús fue llevada a la gloria del cielo en cuerpo y alma.
A) MADRE DE JESÚS Y POR TANTO MADRE DE DIOS
María es Madre de Jesús quien es Dios y Hombre. Si negáramos su maternidad divina entonces también negaríamos que Jesucristo, su hijo, sea Dios.
Esta expresión, Madre de Dios, no dice que sea María quien por su engendramiento ha dado a Jesús su divinidad, sino que dice que María ha engendrado según la carne a aquel que es eternamente engendrado por Dios.
B) VIRGINIDAD PERPETUA DE MARÍA
La Iglesia afirma la doctrina de la virginidad perpetua de María Santísima. Esto significa que ella fue siempre virgen: antes, durante y después de dar a luz a Jesucristo.
La virginidad de María antes del parto está firmemente atestiguada por los evangelios de san Mateo y de san Lucas. Este último en su relato de la Anunciación insiste en que "el ángel Gabriel fue enviado por Dios... a una virgen... y el nombre de la virgen era María" (Lc 1,26-27). Mateo dice que en la concepción de Jesús se cumplió la profecía de Is 7,14 sobre la concepción virginal del Mesías (Mt 1,22-23) y que José no conoció a María "hasta que dio a luz un hijo" (Mt 1,25) con lo cual queda excluida cualquier relación carnal antes del nacimiento de Jesús.
C) MARÍA CONCEBIDA SIN PECADO
¿Cómo mantener la realidad pecadora de una madre, marcada como todo ser humano por el pecado original, y la realidad no pecadora de un niño como Jesús?.
El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX definió la fe de la Iglesia católica sobre la Inmaculada Concepción: "Desde el primer instante de su concepción, por la gracia y el privilegio de Dios todopoderoso, y en consideración de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, la Virgen María fue preservada intacta de mancha de pecado original".
Por consiguiente, no solamente María no ha cometido pecado, sino que no ha sido alcanzada por el pecado original.
D) LA ASUNCIÓN DE MARÍA  EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS
¿Cómo se terminó la vida terrestre de María?. El 1º de noviembre de 1950 el Papa Pío XII definió solemnemente, después de consulta a todos los obispos, que «la Inmaculada Madre de Dios, María siempre virgen, después de haber acabado el curso de su vida terrestre, ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Nada se dice sobre si María murió o no antes de haber sido elevada al cielo. Lo que se afirma es que su cuerpo no ha conocido la corrupción, no se ha degradado, sino que ha sido elevado a la gloria celestial.
Nótese también la diferencia entre la Ascensión, en la que Jesucristo resucitado de entre los muertos sube al cielo (Él es el actor de la acción), y la Asunción, en la que María es elevada al cielo por Dios (ella es pasiva, es Dios quien actúa).
MARÍA REINA
El pueblo cristiano siempre ha reconocido a María Reina por ser madre del Rey de reyes y Señor de Señores. Su poder y sus atributos los recibe del Todopoderoso: Su Hijo, Jesucristo.
Es El quien la constituye Reina y Señora de todo lo creado, de los hombres, de los ángeles y para vencer a satanás.
María Santísima es Reina por ser la madre de Dios hecho hombre, El Mesías, El Rey universal.
Por ser la perfecta discípula que acompañó a Su Hijo desde el principio hasta el final, Cristo le otorga la corona.
El papa Juan Pablo II, en la audiencia del 23-7-97 dijo que "María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque (...) cooperó en la obra de la redención del género humano. (...). Asunta al cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo".
MARÍA COOPERA EN NUESTRA SALVACIÓN
Esta cuestión divide a católicos y protestantes. Los católicos dicen que María, al convertirse en Madre de Dios, ha cooperado a la realización de nuestra salvación (por su escucha, su servicio de intercesión como en Caná, etc.).
Pero eso no significa sin embargo que María sea una segunda mediadora al lado de Cristo, como si añadiera alguna cosa a la obra de Él. María está en efecto, como nosotros, del lado de los salvados.
MARÍA CORREDENTORA
Actualmente hay un movimiento que propone al Papa la aprobación del 5º dogma de María Corredentora. El título Mariano "Corredentora", se refiera a la participación única de María en la obra de nuestra redención llevada a cabo por Jesucristo. Es un paso más a su carácter de cooperadora en la salvación.
El término como ha sido usado por la Iglesia nunca pone a María en nivel de igualdad con Jesucristo, el divino redentor. Sin embargo, la libre y activa cooperación humana de la Madre de Jesús en la redención, particularmente en la Anunciación y en el Calvario, es correctamente reconocida por el magisterio y las enseñanzas papales del Concilio Vaticano Segundo –Ver "Lumen Gentium" Nos. 56, 57, 58 y 61-- y se convierte en un ejemplo preeminente de cómo el Cristiano está llamado a hacerse un "co-trabajador con Dios".
MARÍA MADRE DE LA FE, DE LA ESPERANZA Y DE LOS CREYENTES
María es mujer de fe, de esperanza y de caridad como ninguna otra criatura había sido antes ni jamás lo ha de ser.
En estos tiempos de general apostasía y de consecuente destrucción del hombre, la Madre de Dios nos asegura con su presencia el favor del cielo, la victoria de nuestro Señor sobre el pecado, sobre la muerte y sobre satanás. Ella viene a traernos la luz de Cristo. Ella viene a llevarnos a Cristo, Ella viene a defender a la Iglesia y a su Pastor. Su presencia continua reaviva y fortalece nuestra esperanza e ilumina nuestra fe.
MADRE DE LA IGLESIA
Los primeros cristianos han concedido mucho valor a la presencia de María al pie de la cruz de su hijo, Jesús. Se acuerdan de estas palabras dichas a Juan: «He ahí a tu madre» (Jn. 19,27).
La expresión Madre de la Iglesia no ha visto la luz hasta el fin del concilio Vaticano II. El Papa Pablo VI proclamó entonces a María Madre de la Iglesia, es decir Madre de sus fieles y de sus pastores.
MARÍA MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS
Todas las Gracias vienen a través de María porque Jesucristo El Salvador del mundo viene a través de ella. No hay mayor Gracia aparte de Jesús.
Todas las gracias vienen a nosotros a través de María porque su intercesión es un preámbulo a todas las gracias.

jueves, 10 de agosto de 2017

INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO VATICANO II Y SU RELACIÓN CON LA CRISIS ACTUAL DE LA IGLESIA


La crisis sin precedentes que atraviesa actualmente la Iglesia se puede comparar con la crisis general del siglo IV, cuando el arrianismo había contaminado a la abrumadora mayoría del episcopado y asumido una posición dominante en la vida de la Iglesia. Por un lado, debemos procurar ver la presente situación con realismo, y, por otra parte, con espíritu sobrenatural, con profundo amor por la nuestra Santa Madre Iglesia, que está sufriendo la Pasión de Cristo a causa de esta tremenda y general confusión doctrinal, litúrgica y pastoral.
Tenemos que renovar nuestra fe para creer que la Iglesia está en las seguras manos de Cristo, y que Él siempre intervendrá para renovarla en los momentos en que parece que la barca de la Iglesia está a punto de zozobrar, como resulta patente en nuestros días.
Por lo que respecta a nuestra actitud con relación al Concilio Vaticano Segundo, hay que evitar dos extremos: rechazarlo totalmente (como hacen los sedevacantistas y un sector de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), o atribuir un carácter infalible a todo lo que dijo el Concilio.
El Concilio Vaticano II fue una asamblea legítima presidida por los pontífices, y tenemos que mantener una actitud respetuosa hacia el mismo. Ahora bien, eso no quiere decir que nos esté vedado expresar dudas razonablemente fundadas o proponer con respeto mejoras con respecto a determinadas cuestiones, en tanto que lo hagamos basados en la totalidad de la Tradición de la Iglesia y su Magisterio perenne.
Las tradicionales y constantes afirmaciones del Magisterio a lo largo de un los siglos tienen precedencia y constituyen un criterio para verificar la exactitud de las afirmaciones magisteriales posteriores. Toda nueva declaración del Magisterio debe ser de por sí más precisa y más clara, pero nunca ambiguas ni parecer que contradiga previos pronunciamientos constantes del Magisterio.
Las afirmaciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas deben ser leídas e interpretadas según las de la totalidad de la Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia.
En caso de duda, las afirmaciones del Magisterio constante (es decir, los concilios y documentos pontificios cuyo contenido ha demostrado ser una tradición segura y constante durante siglos en un mismo sentido) se imponen sobre las que son objetivamente ambiguas o las afirmaciones novedosas del Concilio Vaticano II que, con toda objetividad, difícilmente concuerdan con las afirmaciones del Magisterio constante anterior (v.g., el deber del Estado de venerar públicamente a Cristo, Rey de toda sociedad humana, el verdadero sentido de la colegialidad episcopal con relación al primado petrino y al gobierno universal de la Iglesia, el carácter nocivo de las religiones no católicas y el peligro que suponen para la salvación eterna de las almas).
Hay que ver y aceptar el Concilio Vaticano II como tenía por objeto ser y como lo que fue en realidad: un concilio ante todo pastoral. Es decir, que la intención de dicho concilio no era proponer nuevas doctrinas ni hacerlo de forma definitiva. La mayor parte de sus afirmaciones confirmaban la doctrina tradicional y perenne de la Iglesia.
Algunas de las nuevas afirmaciones del Concilio (v.g. la colegialidad, la libertad religiosa, el diálogo ecuménico e interreligioso, la actitud para con el mundo) carecen de carácter definitivo, y por ello aparentemente o en realidad, no se ajustan a las afirmaciones tradicionales y constantes del Magisterio, y es necesario complementarlas con explicaciones más exactas y suplementos doctrinales más precisos. Una aplicación ciega del principio de la “hermenéutica de la continuidad” tampoco ayuda, porque de ese modo se crean interpretaciones forzadas que no convencen ni ayudan a llegar a un conocimiento más claro de las verdades inmutables de la fe católica y su aplicación concreta.
A lo largo de la historia se han dado casos de afirmaciones no definitivas de concilios ecuménicos que más tarde, gracias a un sereno debate teológico, fueron matizadas o tácitamente corregidas (por ejemplo, las afirmaciones del Concilio de Florencia con relación al sacramento del Orden, según lo cual la materia la constituía la entrega de instrumentos, cuando la más cierta y constante tradición afirmaba que bastaba con la imposición de manos por parte del obispo; esto fue confirmado por Pío XII en 1947). Si después del Concilio de Florencia los teólogos hubieran aplicado ciegamente el principio de la “hermenéutica de la continuidad”, a dicha declaración del Concilio de Florencia (que es objetivamente errónea), defendiendo la tesis de que la entrega de instrumentos como materia del sacramento del Orden se ajustaba al Magisterio constante, probablemente no se habría llegado a un consenso general de los teólogos con respecto a la verdad que afirma que sólo la imposición de manos por el obispo constituye la verdadera materia del sacramento del Orden.
Es necesario fomentar en la Iglesia un clima sereno de debate doctrinal en relación con aquellas declaraciones del Concilio Vaticano II que son ambiguas o han dado lugar a interpretaciones erróneas. No hay nada de escandaloso en tal debate doctrinal; todo lo contrario, contribuirá a mantener y explicar de un modo más seguro e integral el depósito de la fe inmutable de la Iglesia.
No se debe hacer excesivo hincapié en un concilio determinado, otorgándole un carácter absoluto o equiparándolo a la Palabra de Dios oralmente transmitida (Sagrada Tradición) o por escrito (Sagradas Escrituras). El propio Concilio Vaticano II afirmó correctamente (cf. Dei Verbum, 10), que el Magisterio (el Papa, los concilios y el magisterio ordinario y universal) no están por encima de la Palabra de Dios, sino por debajo, supeditados a ella, y es solamente su siervo (de la Palabra de Dios transmitida oralmente = Sagrada Tradición, y de la Palabra de Dios escrita = Sagradas Escrituras)
Desde un punto de vista objetivo, las afirmaciones magisteriales (del Papa y de los concilios) con carácter definitivo tienen más valor y más peso comparados con las de naturaleza pastoral, que son de por sí mudables y temporales en función de las circunstancias históricas o de situaciones pastorales circunscritas a un momento determinado, como sucede con la mayoría de las declaraciones del Concilio Vaticano II.
El aporte original y valioso del Concilio Vaticano II radica en la llamada a la santidad de todos los miembros de la Iglesia (cap. 5 de Lumen gentium), en la doctrina sobre el papel central de Nuestra Señora en la vida de la Iglesia (cap. 8 de Lumen gentium), en la importancia de los fieles laicos para mantener, defender y promover la fe católica y en el deber de éstos de evangelizar y santificar las realidades temporales con arreglo al sentido perenne de la Iglesia (cap. 4 de Lumen gentium), y en la primacía de la adoración de Dios en la vida de la Iglesia y la celebración litúrgica (Sacrosanctum Concilium, nn. 2; 5-10). El resto se podría considerar hasta cierto punto secundario, provisional, y probablemente en un futuro hasta olvidables, como ha sucedido con algunas afirmaciones no definitivas, pastorales o disciplinarias de diversos concilios ecuménicos del pasado.
Las cuatro cuestiones siguientes -Nuestra Señora, la santificación de la vida personal, la defensa de la fe con la santificación del mundo según el espíritu perenne de la Iglesia y el carácter prioritario de la adoración de Dios- son los que con más urgencia se tienen que vivir y aplicar hoy en día. En esto, el Concilio Vaticano II tiene un papel profética que, desgraciadamente, no se ha cumplido todavía de modo satisfactorio.
En vez de vivir estos cuatro aspectos, un sector numeroso de la nomenclatura teológica y administrativa de la Iglesia lleva medio siglo promoviendo cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas ambiguas, distorsionando con ello la intención original del Concilio o abusando de afirmaciones doctrinales ambiguas o poco claras con miras a crear una iglesia diferente, de tipo relativista o protestante. Hoy en día asistimos a la culminación de este proceso.
La crisis actual de la Iglesia consiste en parte en que a algunas declaraciones del Concilio Vaticano II que son objetivamente ambiguas, o en que a esas pocas afirmaciones que difícilmente se ajustan a la tradición magisterial constante de la Iglesia, se las ha llegado a considerar infalibles. Y así se ha llegado a bloquear un sano debate con las respectivas correcciones necesarias, implícitas o tácitas. Al mismo tiempo, se ha fomentado el surgimiento de afirmación teológicas en conflicto con la tradición perenne (v.g. con relación a la nueva teoría del llamado doble sujeto supremo ordinario del gobierno de la Iglesia, es decir, el Papa por sí solo y todo el colegio episcopal junto con el Papa, la doctrina de la neutralidad del Estado hacia el culto público que debe rendir al Dios verdadero, que es Jesucristo, Rey también de toda sociedad humana y política, y la relativización de la verdad de que la Iglesia Católica es la única vía de salvación querida y ordenada por Dios).
Tenemos que liberarnos de las cadenas que imponen un carácter absoluto e infalible al Concilio Vaticano II y pedir un clima de debate sereno y respetuoso motivado por un amor sincero a la Iglesia y a la fe inmutable de la Iglesia.
Podemos ver una señal positiva de ello en que el 2 de agosto de 2012 Benedicto XVI escribió un prefacio al volumen relativo al Concilio Vaticano II en la edición de sus obras completas, en el cual manifiesta sus reservas con respecto a contenidos concretos de Gaudium et spes y Nostra aetate. Del tenor de dichas palabras de Benedicto XVI se deduce que los defectos concretos de determinadas partes de los documentos no se pueden mejorar con la “hermenéutica de la continuidad”.
Una FSSPX canónica y plenamente integrada en la vida de la Iglesia podría hacer un aporte muy valioso a dicho debate, como deseaba también el arzobispo Marcel Lefebvre. La presencia canónica plena de la FSSPX en la vida de la Iglesia actual contribuiría también a suscitar un clima general de debate constructivo a fin de que lo que siempre creyeron todos los católicos en todas partes durante dos mil años se crea de un modo más claro y seguro también en nuestros tiempos, realizando así la verdadera intención pastoral de los padres del Concilio Vaticano Segundo.
La auténtica finalidad pastoral apunta a la salvación eterna de las almas, la cual sólo se puede alcanzar anunciando toda la voluntad de Dios (Hch.20, 27). Una ambigüedad en la doctrina de la fe y en su aplicación concreta (en la liturgia y en la pastoral) supondría un peligro para la salvación eterna de las almas y sería por consiguiente antipastoral, dado que la proclamación de la claridad y de la integridad de la fe católica y de su fiel aplicación es voluntad explícita de Dios. Únicamente la obediencia perfecta a esta voluntad de Dios, que nos reveló la verdadera fe por medio de Cristo, Verbo Encarnado, y de los apóstoles, la fe interpretada y practicada constantemente en el mismo sentido por el Magisterio de la Iglesia, lleva la salvación a las almas.
+ Athanasius Schneider,
Obispo auxiliar de la arquidiócesis de María Santísima de Astaná, Kazajistán
Fuente: adelante la fe.com

sábado, 8 de julio de 2017

RAZONES PARA ELEGIR LA MISA TRADICIONAL

1. Seréis como los santos
Si se toma en consideración que la misa tradicional celebrada hasta 1970 era, en lo esencial, la de San Gregorio Magno (codificada hacia el año 600), estamos hablando de 1400 años de la vida de la Iglesia, es decir, la mayor parte de la historia de sus santos. Las oraciones, los himnos, las lecturas que han alimentado su fe son las mismas que alimentan la nuestra. Es la misa de Santo Tomás de Aquino, quien compuso el propio de la fiesta de Corpus Christi, es la misa a la que asistía San Luis Rey de Francia hasta tres veces por día, es la misa que sumía a San Felipe Neri en éxtasis de los que era preciso sustraerlo, es la misa que se celebraba clandestinamente en Inglaterra y en Irlanda en la época de las persecuciones, es la misa que rezaba San Damián de Molokai en la capilla construida con sus manos leprosas…
2. Lo que es verdadero para nosotros lo es aún más para nuestros hijos
La liturgia tradicional forma la mente y el corazón de nuestros hijos en la alabanza divina mediante la ejercitación de las virtudes de la humildad, la obediencia y la adoración silenciosa. Llena sus sentidos y su imaginación con los signos y los símbolos sagrados, con «ceremonias místicas» como las llamaba el Concilio de Trento. Los pedagogos saben que los niños son más sensibles a las ilustraciones visuales que a los largos discursos. La solemnidad de la liturgia tradicional abrirá a los niños catequizados a la trascendencia y hará nacer en muchos niños varones el deseo de servir en el altar.
3. La misa universal
La liturgia tradicional no sólo establece un vínculo de unidad temporal entre nuestra generación y las que nos han precedido, sino también un vínculo de unidad espacial entre todos los fieles del globo terrestre. Antes de la reforma litúrgica, era un gran consuelo para los viajeros descubrir que más allá de las culturas y los climas, la misa era siempre la misma en todas partes, la misma que celebraba el sacerdote de su parroquia. Era también la más evidente confirmación de la auténtica catolicidad de su catolicismo. ¡Qué contraste con ciertas parroquias actuales donde la misa cambia de un sacerdote a otro y de un domingo a otro…!
4. Sabemos a qué atenernos
Una ceremonia centrada en el sacrificio de Nuestro Señor en el Calvario. El silencio, antes, durante y después. Monaguillos varones únicamente. Sólo manos consagradas para tocar el Cuerpo de Cristo. Nada de extravagancias en los ornamentos o la música. En otros términos, la única actividad que el hombre, cuando no si celebra de manera inadecuada, no puede desviar de su único objeto: la alabanza del verdadero Dios. El padre Jonathan Robinson, del Oratorio de San Felipe Neri, en su libro The Mass and Modernity (Ignatius Press, 2005), escrito antes de que se familiarizara con la liturgia tradicional, señala que la atracción principal y perenne de lo que aún era el rito antiguo reside en que ofrece «una referencia trascendente », aunque sea mal celebrada. Mientras que, en la misa nueva, nada garantiza «la centralidad del misterio pascual».
5. Es el original
El rito romano tradicional tiene una orientación teo y cristo céntrica patente, manifestada tanto la en la posición ad Orientem del celebrante como en los ricos textos del misal que destacan el misterio trinitario, la divinidad de Nuestro Señor y su sacrificio en la Cruz. Como bien lo ha documentado el profesor Lauren Pristas (3), las oraciones del nuevo misal carecen de claridad en la expresión del dogma y de la ascesis católica; en cambio, las oraciones del antiguo misal no tienen ni ambigüedad ni equívocos. Cada vez es mayor el número de católicos que se percatan de hasta qué punto la reforma litúrgica fue precipitada y de cómo conduce a la confusión a causa de sus opciones casi ilimitadas y de su discontinuidad con los catorce siglos anteriores de oración de la Iglesia.
6. Un santoral superior
En los debates litúrgicos, una gran parte de los intercambios se centra, como es lógico, en la defensa o la crítica de los cambios aportados al ordinario de la misa. Pero no se debe olvidar que una de las diferencias más importantes introducidas en el misal de 1970 es su calendario, empezando por el santoral. El calendario de 1962 es una maravillosa introducción a la historia de la Iglesia, en especial, la historia de la Iglesia primitiva, hoy tan frecuentemente olvidada. Está ordenado tan providencialmente que la sucesión de ciertas festividades forma conjuntos que ilustran una faceta particular de la santidad. Por su parte, los creadores del calendario reformado han eliminado o degradado 200 santos, empezando por San Valentín. San Cristóbal, el patrono de los viajeros, ha desaparecido, con la excusa de que no habría existido, a pesar de las innumerables vidas que salva cotidianamente. Se ha privilegiado de forma sistemática la ciencia histórica moderna frente a las tradiciones orales de la Iglesia. Esta preferencia científica hace pensar en las siguientes palabras de Chesterton en su obra Ortodoxia: «Es muy fácil comprender por qué una leyenda se considera y debe ser considerada con mayor respeto que una obra histórica. La leyenda es, generalmente, obra de la mayoría de los miembros de la aldea, una mayoría de hombres sanos de espíritu. El libro, por lo general, está escrito por el único hombre loco de la aldea» .
7. Un temporal superior
El temporal también padeció alteraciones. El ciclo litúrgico es mucho más rico en el calendario de 1962. Cada domingo del año tiene su contenido propio, que constituye una suerte de marcador para los fieles gracias al cual pueden medir, año tras año, su progreso o retroceso espiritual. El calendario tradicional observa antiguas circunstancias recurrentes, como las Cuatro Témporas o las Rogativas que manifiestan, además de nuestra gratitud hacia el Creador, nuestra sumisión alegre al ciclo natural de las estaciones y de las cosechas. El calendario tradicional no tiene un «tiempo ordinario», expresión muy poco feliz si se considera que después de la Encarnación ya nada puede ser «ordinario»; en cambio, tiene un tiempo después de la Epifanía y un tiempo después de Pentecostés, lo que prolonga el eco de dichas fiestas. Como Navidad y Pascua, Pentecostés, fiesta no menor, tiene su octava durante la cual la Iglesia cuenta con tiempo suficiente para renovar su ardor bajo el influjo del fuego celestial. Sin olvidar el tiempo de Septuagésima que ayuda al pueblo de Dios a pasar con suavidad de la alegría de la Navidad al dolor de la Cuaresma. Todos estos tesoros preciosamente conservados nos conectan con la Iglesia de los primeros siglos…
8. Una mejor introducción a la Biblia
La opinión corriente pretende que uno de los progresos principales del nuevo Ordo es su ciclo trienal y las lecturas más numerosas que supuestamente ayudan a un mejor conocimiento de la Biblia. Pero con esto se ignora que si bien es cierto que la nueva disposición ha multiplicado las lecturas, también ha destruido el vínculo que las unía en el antiguo Ordo y que constituía la trama de la misa domingo a domingo. En materia de lecturas bíblicas, el Ordo tradicional responde a dos principios admirables:
– en primer lugar, los pasajes no se eligen por su propio interés (con el fin de cubrir la mayor extensión posible de la Escritura) sino para iluminar la festividad particular celebrada;
– en segundo lugar, el acento, más que en una mayor alfabetización bíblica de los fieles, está puesto en la «mistagogia». En otras palabras, las lecturas de la misa no han sido concebidas como un curso bíblico dominical sino como una iniciación progresiva a los misterios de la fe a través de la liturgia. Su número más limitado, su concisión, su pertinencia litúrgica y su repetición anual las convierten en un agente muy eficaz de formación espiritual y en una perfecta preparación para el sacrificio eucarístico.
9. La devoción a la Sagrada Eucaristía
Naturalmente, la forma ordinaria puede ser celebrada con reverencia y devoción y en el momento de la comunión, puede ocurrir que sólo la distribuyan los ministros ordenados a los fieles en la boca. Pero todos los domingos, en la mayoría de las parroquias ordinarias, se recurre a los ministros extraordinarios para dar la sagrada comunión a los fieles presentes, quienes, en gran medida, la toman, más que la reciben, con la mano. Estas dos actitudes minan profundamente el sacrosanto respeto debido al Santísimo Sacramento y, por ende, la comprensión del misterio eucarístico. Y aun cuando uno comulgue en la boca, poniéndose en la fila del sacerdote en vez de en la del ministro extraordinario, se corre el riesgo de acercarse a Jesús Hostia con el alma distraída, atormentada o incluso, indiferente, lo que no es mejor. Momento de gran solemnidad, tradicionalmente muy edificante para los niños, la comunión termina, de este modo, por convertirse en un momento de agitación y confusión. El olvido de la presencia real de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía desemboca inexorablemente en la «protestantización» de nuestra relación con Dios. Mientras que el indulto de la comunión en la mano no sea abolido, la liturgia tradicional es la única vía segura para preservar y alimentar nuestra comprensión del misterio de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo tanto en la Sagrada Eucaristía como en la Iglesia y en nuestras vidas de cristianos.
10. El misterio de la Fe

Si sólo hubiera que quedarse con una razón que justificara la elección de la forma extraordinaria, sería simplemente que ésta es la expresión más perfecta del Misterio de la Fe. Lo que San Pablo llamaba misterio y que la tradición latina designa con los términos de mysterium y sacramentum es todo menos un concepto marginal en la Cristiandad. La increíble revelación de Dios a los hombres, a lo largo de toda la historia y en particular en la persona de Cristo, es un misterio en el sentido más elevado del término: es la revelación de una realidad perfectamente inteligible pero siempre ineluctable, siempre luminosa pero enceguecedora por su misma luminosidad. Las ceremonias litúrgicas que nos ponen en contacto con Dios deberían llevar el sello de su esencia misteriosa eterna e infinita. Por su lengua sagrada, su ordenamiento, su música y la postura del sacerdote, la forma extraordinaria del rito romano tiene, sin duda alguna, ese sello. Al favorecer el sentido de lo sagrado, la misa tradicional conserva intacto el misterio de la fe .
Peter Kwasniewski

miércoles, 28 de junio de 2017

¡CONTINÚA EL DESMANTELAMIENTO DE LA FE CATÓLICA|

FRANCISCO IMPONE LA CONCELEBRACIÓN EN LOS COLEGIOS ROMANOS

In Vaticano corre questa voce. A un collaboratore che gli ha chiesto se sia vero che esista una commissione per “reinterpretare” la Humanae vitae, papa Francesco avrebbe risposto: «Non è una commissione, è un gruppo di lavoro» Non si tratta solo di artifici linguistici per nascondere la verità, ma giochi di parole che rivelano come il culto della contraddizione sia l’essenza di questo pontificato. Mons. Gilfredo Marengo, coordinatore del “gruppo di lavoro”, riassume bene questa filosofia, quando afferma che bisogna sfuggire al «gioco polemico pillola sì – pillola no, così come a quello odierno comunione ai divorziati sì – comunione ai divorziati no» (Vaticaninsider, 23 marzo 2017).
Questa premessa è necessaria per presentare un nuovo documento confidenziale, risultato, anch’esso, di un altro “gruppo di lavoro”. E’ il working paper della Congregazione del Clero Sulla concelebrazione nei collegi sacerdotali di Roma, che circola in maniera riservata nei collegi e seminari romani. Ciò che da questo testo emerge con chiarezza è che papa Francesco vuole imporre, di fatto, se non di principio la concelebrazione eucaristica nei collegi e nei seminari romani, affermando che «la celebrazione comunitaria deve essere sempre preferita a quella individuale».
Il motivo di questa decisione emerge dal documento. Roma non è solo la sede della Cattedra di Pietro e il cuore della Cristianità, ma è anche il luogo in cui sacerdoti e seminaristi di tutto il mondo convergono per acquisire quella venerazione verso la fede, i riti e le tradizioni della Chiesa, che una volta si chiamava “spirito romano”.
La permanenza a Roma, che aiutava a sviluppare l’amore alla Tradizione della Chiesa, oggi offre l’opportunità di una “rieducazione” dottrinale e liturgica a chi vuole “riformare” la Chiesa secondo le direttive di papa Bergoglio. La vita nei collegi romani – afferma infatti il working paper – offre l’occasione «per vivere allo stesso tempo un periodo intenso di formazione permanente integrale». 
Il documento si richiama esplicitamente a un recente discorso ai sacerdoti che studiano a Roma, in cui Papa Francesco ha ricordato l’importanza ecclesiale della concelebrazione nel contesto delle comunità dei sacerdoti studenti: «Si tratta di una sfida permanente per superare l’individualismo e vivere la diversità come un dono, cercando l’unità del presbiterio, che è segno della presenza di Dio nella vita della comunità. Il presbiterio che non mantiene l’unità, di fatto, scaccia Dio dalla propria testimonianza. Non testimonia la presenza di Dio. Lo manda fuori. In tal modo, riuniti nel nome del Signore, specialmente quando celebrate l’Eucarestia, manifestate anche sacramentalmente che Lui è l’amore del vostro cuore» (Discorso del 1 aprile 2017).
Alla luce di questa dottrina, il working paper della Congregazione per il Clero, ribadisce che «è da preferire la Messa concelebrata rispetto alla celebrazione individuale» (grassetto nell’originale, anche nelle citazioni che seguono).
«Pertanto i Superiori sono vivamente invitati a incoraggiare la Concelebrazione, anche più volte al giorno, nelle grandi comunità presbiterali. Di conseguenza si possono prevedere nei Collegi varie concelebrazioni, in modo che i presbiteri residenti in essi vi possano partecipare secondo le proprie esigenze, avendo cura dì stabi1ire due o tre momenti lungo la giornata».
«In effetti, i rapporti quotidiani, condivisi ogni giorno e per anni nello stesso Collegio Romano, sono un’esperienza importante nella traiettoria vocazionale di ciascun sacerdote. Tramite questa mediazione, infatti, si stabiliscono vincoli di fraternità e di comunione tra presbiteri di diverse diocesi e nazioni che trovano un’espressione sacramentale nella concelebrazione eucaristica».
«Certamente, l’allontanarsi dalla propria diocesi d’incardinazione e dalla missione pastorale durante un tempo abbastanza lungo garantisce non soltanto la preparazione intellettuale, ma soprattutto offre l’occasione per vivere allo stesso tempo un periodo intenso di formazione permanente integrale. In quest’ottica la vita comune dei Collegi sacerdotali offre questa modalità della fraternità presbiterale, probabilmente nuova rispetto al passato. L’esperienza del Collegio rappresenta un’opportunità per una fruttuosa celebrazione dell’Eucaristia da parte dei sacerdoti.Pertanto, la pratica della Concelebrazione eucaristica quotidiana nei Collegi può diventare un’occasione di approfondimento della vita spirituale dei sacerdoti, con importanti frutti, come: l’espressione della comunione tra i presbiteri delle diverse Chiese particolari, che è manifestata particolarmente quando i Vescovi delle diverse diocesi presiedono la concelebrazione in occasione delle visite a Roma; l’opportunità di ascoltare l’omelia tenuta da un altro confratello; la celebrazione curata, e anche solenne, dell’Eucaristia quotidiana, l’approfondimento della devozione eucaristica che ogni  sacerdote deve coltivare, al di là della stessa celebrazione».
Tra le norme pratiche che vengono indicate, si legge: «È raccomandabile che i sacerdoti possano partecipare ordinariamente alla Concelebrazione eucaristica negli orari previsti nel Collegio, preferendo sempre la celebrazione comunitaria a quella individuale. In tal senso, i Collegi con un nutrito numero di sacerdoti ospiti potrebbero stabilire la Concelebrazione Eucaristica in 2 o 3 orari diversi della giornata, in modo da permettere a ciascuno di partecipare secondo le proprie esigenze personali, accademiche o pastorali».
«Se i sacerdoti residenti nel Collegio per circostanze particolari non possono partecipare alla Concelebrazione negli orari previsti, devono preferire sempre il celebrare insieme in un altro orario più conveniente».
La violazione del canone 902, secondo cui i sacerdoti «possono concelebrare l’Eucaristia, rimanendo tuttavia intatta per i singoli la libertà di celebrarla in modo individuale», è palese e reiterata in due passi del testo, con la conseguenza che i collegi che applicheranno alla lettera il working paper violeranno la legge universale vigente. Ma al di là delle considerazioni giuridiche, ve ne sono altre di natura teologica e spirituale.
Il 5 marzo 2012, in occasione della presentazione del libro di mons. Guillaume Derville, La concelebrazione eucaristica. Dal simbolo alla realtà (Wilson & Lafleur, Montréal 2012), il cardinale Antonio Cañizares, allora prefetto della Congregazione per il Culto Divino, sottolineò la necessità di “moderare” la concelebrazione, facendo proprie le parole di Benedetto XVI: «raccomando ai sacerdoti la celebrazione quotidiana della santa Messa, anche quando non ci fosse partecipazione di fedeli. Tale raccomandazione si accorda innanzitutto con il valore oggettivamente infinito di ogni Celebrazione eucaristica; e trae poi motivo dalla sua singolare efficacia spirituale, perché, se vissuta con attenzione e fede, la santa Messa è formativa nel senso più profondo del termine, in quanto promuove la conformazione a Cristo e rinsalda il sacerdote nella sua vocazione» (Esortazione Apostolica Sacramentum caritatis, n. 80).
La dottrina cattolica vede infatti nella Santa Messa il rinnovamento incruento del Sacrificio della Croce. La moltiplicazione delle Messe rende la maggior gloria a Dio ed è un immenso bene per le anime. «Se ogni Messa ha in se stessa un valore infinito – scrive il Padre Joseph de Sainte-Marie –, le disposizioni degli uomini per riceverne i frutti sono sempre imperfette e, in questo senso, limitate. Da qui l’importanza del numero delle celebrazioni delle Messe per moltiplicare i frutti della salvezza. Sostenuta da questo ragionamento teologico elementare ma sufficiente, la fecondità salvifica della moltiplicazione delle Messe è inoltre provata dalla pratica liturgica della Chiesa e dall’atteggiamento del Magistero. Di questa fecondità la Chiesa – la storia lo insegna – ha preso progressivamente coscienza nel corso dei secoli, promuovendo la pratica e poi incoraggiando ufficialmente sempre più la moltiplicazione delle Messe» (L’Eucharistie, salut du monde, Dominique Martin Morin, Parigi 1982, pp. 457-458).
Per i neo-modernisti la Messa si riduce ad un’assemblea, tanto più significativa quanto maggiore è il numero dei sacerdoti e dei fedeli che ad essa partecipano. La concelebrazione è intesa come uno strumento per far perdere lentamente al Sacerdote la coscienza del suo essere e della sua missione, che è unicamente la celebrazione del sacrificio eucaristico e la salvezza delle anime.
Ma la diminuzione delle Messe e la perdita della retta concezione della Messa è una delle principali cause della crisi religiosa del nostro tempo. Ora anche la Congregazione per il Clero, per volere di papa Bergoglio, porta il suo contributo a questo smantellamento della fede cattolica. (Roberto de Mattei)
Fuente: Corrispondenza Romana

¡ESTAMOS EN PLENA CRISIS DE FE!

Monseñor Nicola Bux, teólogo y ex consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Monseñor Bux, ¿cuáles son las implicaciones de la «anarquía doctrinal» que la gente ve que está sucediendo, para la Iglesia, las almas de los fieles y los sacerdotes?

La primera consecuencia de la anarquía doctrinal para la Iglesia es la división, causada por la apostasía, que es el abandono del pensamiento católico, tal como lo define San Vicente de Lerins: quod sempre, quod ubique, quod ab omnibus creditur (lo que se cree en todas partes, siempre, y por todos). San Ireneo de Lyon, que llama a Jesucristo el «Maestro de la unidad», había señalado a los herejes que todo el mundo profesa las mismas cosas, pero no todos quieren decir lo mismo. Éste es el papel del Magisterio, fundado en la verdad de Cristo: traer a todos a la unidad católica.
San Pablo exhortó a los cristianos a estar de acuerdo y hablar con unanimidad. ¿Qué diría hoy? Cuando los cardenales callan o acusan a sus cohermanos; cuando los obispos que habían pensado, hablado y escrito - scripta manent! [Las palabras escritas permanecen] - de una manera católica, pero luego dicen lo contrario por cualquier razón; cuando los sacerdotes cuestionan la tradición litúrgica de la Iglesia, entonces se establece la apostasía, el desprendimiento del pensamiento católico. Pablo VI había previsto que «este pensamiento no católico dentro del catolicismo será mañana la fuerza más fuerte. Pero nunca representará el pensamiento de la Iglesia. Un pequeño rebaño debe permanecer, no importa cuán pequeño sea. »(Conversación con J. Guitton, 9.IX.1977).

¿Qué implica entonces la anarquía doctrinal para las almas de los fieles y de los eclesiásticos?

El Apóstol nos exhorta a ser fieles a una doctrina segura, sana y pura: la que se funda en Jesucristo y no en las opiniones mundanas (Tito 1: 7-11, 2: 1-8). La perseverancia en la enseñanza y la obediencia a la doctrina conduce a las almas a la salvación eterna. La Iglesia no puede cambiar la fe y al mismo tiempo pedir a los creyentes que permanezcan fieles a ella. En cambio, está íntimamente obligada a orientarse hacia la Palabra de Dios y hacia la Tradición.
Por lo tanto, la Iglesia se hace eco del juicio del Señor: «Para juicio vengo a este mundo, para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos» (Juan 9:39). No olvide que, cuando uno es aplaudido por el mundo, significa que uno le pertenece. De hecho, el mundo ama lo suyo y odia lo que no le pertenece (Juan 15:19). La Iglesia Católica debe recordar que está compuesta sólo de aquellos que se han convertido a Cristo bajo la guía del Espíritu Santo; Todos los seres humanos son ordenados a ella ( Lumen gentium 13), pero no son parte de ella hasta que se convierten.

¿Cómo resolver mejor este problema?

El punto es: ¿qué idea tiene el Papa del ministerio petrino, según lo descrito en Lumen gentium 18 y codificado en el derecho canónico? Frente a la confusión y la apostasía, el Papa debe hacer la distinción -como lo hizo Benedicto XVI- entre lo que él piensa y dice como una persona privada y educada y lo que debe decir como Papa de la Iglesia Católica. Para ser claro: el Papa puede expresar sus ideas como un erudito privado sobre asuntos discutibles que no son definidos por la Iglesia, pero no puede hacer afirmaciones heréticas, ni siquiera en privado. De lo contrario, sería igualmente herético.
Creo que el Papa sabe que todo creyente - que conoce la regula fidei (dogma), que da a cada uno el criterio de saber cuál es la fe de la Iglesia, lo que todo el mundo tiene que creer y atender - puede ver si está hablando y operando de una manera católica, o ha ido en contra del sentido de la Iglesia fidei [sentido de la fe]. Incluso un creyente puede darse cuenta. Así pues, quien piense que presentar dudas [dubia] al Papa no es un signo de obediencia, no ha comprendido, a los 50 años del Vaticano II, la relación entre él [el Papa] y toda la Iglesia. La obediencia al Papa depende únicamente del hecho de que está ligado por la doctrina católica, a la fe que debe profesar continuamente ante la Iglesia.
¡Estamos en plena crisis de fe! Por lo tanto, para frenar las divisiones en curso, el Papa -como Pablo VI en 1967, ante las teorías erróneas que circulaban poco después de la conclusión del Concilio- debería hacer una Declaración o Profesión de Fe, afirmando lo que es católico, Y corregir esas palabras y actos ambiguos y erróneos -los suyos y los de los obispos- que se interpretan de manera no católica.
De lo contrario, sería grotesco que, al buscar la unidad con los cristianos no católicos o incluso la comprensión con los no cristianos, la apostasía y la división se fomenten dentro de la Iglesia Católica. Para muchos católicos, es increíble que el Papa esté pidiendo a los obispos que dialoguen con los que piensan de manera diferente, pero no quiera primero encontrarse con los cardenales que son sus principales asesores. Si el Papa no protege la doctrina, no puede imponer disciplina. Como dijo Juan Pablo II, el Papa debe ser siempre un converso, para poder fortalecer a sus hermanos, según las palabras de Cristo a Pedro: Et tu autem conversus, confirma fratres tuos -Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Luc 22,32)-.
Fuente: InfoCatólica

martes, 16 de mayo de 2017

EL PAPA FRANCISCO REINTERPRETA FÁTIMA

 15/05/17 12:05 AM por Roberto de Mattei
Quinientas mil personas esperaban al papa Francisco en la explanada del santuario de Fátima para asistir a la canonización de los pastorcitos Francisco e Jacinta, de 9 y 11 años respectivamente, y que junto con su primita Lucía dos Santos vieron a la Virgen y escucharon sus palabras entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. La canonización se ha llevado a cabo, y la Iglesia ha inscrito en el elenco de los santos a los niños no mártires más pequeños de su historia. Su prima Lucía, fallecida en 2005, se encuentra en proceso de beatificación.
Eso sí, lo que esperaban los devotos de Fátima de todo el mundo no era sólo la canonización de los videntes, sino también el cumplimiento por parte del Papa de algunas peticiones de la Virgen no realizadas todavía.
Dos centenarios contrapuestos se cumplen este año: el de las apariciones de Fátima y el de la Revolución Bolchevique de Lenin y Trotsky, que tuvo lugar en Rusia el mismo mes en que en Portugal finalizaba el ciclo mariano. La Virgen anunció en Fátima que Rusia propagaría sus errores por el mundo, y que dichos errores darían lugar a guerras, revoluciones y persecuciones contra la Iglesia. Con miras a evitar estas desgracias, la Virgen pidió ante todo un sincero arrepentimiento de la humanidad y el regreso a los principios del orden moral cristiano. A esta necesaria enmienda por parte de los cristianos, la Virgen añadió dos pedidos concretos: la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, realizada por el Papa en unión con todos los obispos del mundo, y la difusión de la práctica de los primeros sábados de mes, consistente en unirse a Ella y confesar y comulgar durante cinco sábados consecutivos, meditando por quince minutos y rezando el Santo Rosario.
Las autoridades eclesiásticas nunca han promovido la difusión de la práctica de los primeros sábados de mes, y los actos pontificios de encomienda y consagración a la Virgen han sido parciales e incompletos, pero sobre todo -y desde hace al menos cincuenta años-, los sacerdotes han dejado de predicar el espíritu de sacrificio y de penitencia, tan íntimamente ligado a la espiritualidad de los pastorcillos recién canonizados. Cuando en 1919 Lucía visitó a Jacinta en el hospital en vísperas de la muerte de ésta, su conversación se centró en los padecimientos ofrecidos por ambas a fin de evitar a los pecadores las terribles penas del Infierno que les había mostrado la Virgen.
El papa Francisco, que nunca había estado en Fátima, ni siquiera siendo sacerdote, pasó por alto todos estos temas. El 12 de mayo, en la Capilla de las Apariciones, presentándose como «obispo vestido de blanco», el Papa declaró: «Vengo como profeta y mensajero para lavar los pies a todos, en torno a la misma mesa que nos une». Tampoco hubo invitación a imitar el ejemplo de Francisco y Jacinta. «Recorreremos, así, todas las rutas, seremos peregrinos de todos los caminos, derribaremos todos los muros y superaremos todas las fronteras, yendo a todas las periferias, para revelar allí la justicia y la paz de Dios». En su homilía del 13 de mayo en la explanada del santuario, Francisco recordó a todos sus hermanos «en el bautismo y en la humanidad, en particular los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados», e hizo una invitación a descubrir de nuevo «el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor».
La dimensión trágica del mensaje de Fátima, que gira en torno a los conceptos de pecado y castigo, ha quedado desechada. La Virgen le había dicho a la pequeña Jacinta que las guerras no son otra cosa que el castigo por los pecados del mundo, y que los pecados que llevan más almas al Infierno son los que atentan contra la pureza. Si actualmente vivimos una «tercera guerra mundial a pedazos», como ha afirmado con frecuencia el papa Francisco, es imposible no relacionarlo con la terrible avalancha de inmoralidad contemporánea, que ha llegado hasta el punto de legalizar la inversión de las leyes morales. La Virgen le dijo también a Jacinta que si no había enmienda y penitencia, la humanidad sería castigada, pero al final su Corazón Inmaculado triunfaría y el mundo entero se convertiría. Hoy en día no sólo se aborrece la palabra castigo porque la misericordia de Dios borra todo pecado, sino que la idea misma de conversión desagrada, ya que el proselitismo, según el papa Francisco, «es el veneno más fuerte contra el camino ecuménico».
Es necesario reconocer que el mensaje de Fátima, reinterpretado según las categorías sociológicas del papa Bergoglio, tiene poco que ver con el profético anuncio del triunfo del Corazón Inmaculado de María, que hace cien años la Virgen dirigió al mundo.
Roberto de Mattei
(Traducido por J.E.F)